El viernes ya empezamos a notar que esto iba en serio. Después del desayuno, los combos entraron en acción: instrumentos, primeras pruebas, ajustes, miradas cómplices y ese momento especial en el que algo empieza a sonar como una banda. Poco a poco, cada grupo fue encontrando su sitio, escuchándose y descubriendo cómo encajar las ideas de todas las personas.

Después de comer, llegó el taller de vídeo impartido por Mikel. El objetivo era empezar a preparar el guion de un vídeo musical para después poder rodarlo. Porque el rock no solo se toca: también se mira, se graba, se cuenta y se construye con imagen, estética, narrativa y mucha personalidad.

La noche llegó con Furor, una de esas actividades que mezclan música, juego, competición sana y desmadre controlado. Fue perfecta para soltar vergüenzas, cantar fuerte, reírnos en grupo y demostrar que en Gazterock ninguna persona había venido a quedarse en silencio.
