ADIOS GAZTEROCK

Antes de despedirnos del todo, todavía quedó una última jornada para bajar revoluciones sin perder la energía. Fuimos a las piscinas de Araia, y después de tantos días de talleres, ensayos, conciertos y emociones a flor de piel, el agua, el descanso y las risas vinieron como un regalo. Fue un día para respirar, compartir con calma y disfrutar del grupo desde otro lugar, ya sin tanta presión de horarios ni escenarios. Y después, como no podía ser de otra manera, llegó la fiesta final: el último gran momento colectivo para celebrar todo lo vivido, cantar, bailar, recordar anécdotas y empezar a sentir que el final estaba cerca.

Nos fuimos recogiendo mochilas, cables y recuerdos reales, con esa sensación extraña de que el campamento había pasado demasiado rápido y, al mismo tiempo, había dejado dentro un montón de cosas nuevas. Gazterock terminó, pero no se apagó: quedó sonando en las canciones que ensayamos, en las fotos, en las risas de pasillo, en los nervios antes de subir al escenario y en todas esas conversaciones que hicieron que el grupo dejara de ser un conjunto de personas desconocidas para convertirse en una pequeña banda compartida. Volvimos a casa con cansancio, sí, pero también con la emoción de haber vivido algo intenso y muy nuestro. Porque durante estos días no solo aprendimos música: aprendimos a escuchar, a ocupar nuestro lugar, a confiar y a descubrir que, cuando se juntan ganas, cuidado y rock and roll, pasan cosas que se quedan mucho tiempo resonando.