El jueves sonó a prueba de fuego desde primera hora. Por la mañana fuimos a Helldorado para el ensayo general, y estar allí, en un escenario real, cambió completamente la sensación. Ya no era solo tocar en una sala o repetir una parte hasta que saliera: había equipos, posiciones, entradas, salidas y esa mezcla de nervios y emoción que empieza a parecerse mucho a un concierto de verdad. Cada grupo fue midiendo el espacio, escuchando cómo sonaba y empezando a imaginar lo que podía pasar cuando llegara el momento de ponerse delante del público.
Después de comer llegó el segundo asalto de ensayo general, con la concentración un poco más alta y la sensación de que el concierto final estaba cada vez más cerca. Se ajustaron detalles, se corrigieron errores, se repasaron finales y cada banda fue afinando no solo los instrumentos, sino también la actitud. Había cansancio, claro, pero también muchas ganas de que todo saliera adelante. El rock and roll tiene algo de caos, pero ese día tocaba ordenar el ruido para convertirlo en algo potente, propio y listo para explotar sobre el escenario.

Por la noche el ambiente cambió de registro y nos acercamos a un momento más íntimo y emotivo, con la posibilidad de vivir un concierto acústico o una velada musical más cercana. Después de tanto volumen, tantos riffs y tanta actividad, también apetecía escuchar las canciones desde otro lugar: más cerca, con menos ruido y más piel. Fue una forma bonita de cerrar el día, bajando un poco la distorsión, pero manteniendo intacta esa emoción que hace que Gazterock siga sonando incluso en los momentos más tranquilos.