El sábado lo empezamos recorriendo Vitoria, con la ciudad convertida en escenario y el grupo caminando ya con otra confianza, como si poco a poco fuéramos encontrando nuestro propio ritmo de banda. Visitamos la zona de la muralla y fuimos descubriendo rincones que hablan de la historia de la ciudad, mezclando el paseo con conversaciones, bromas y esa sensación de que el campamento ya estaba funcionando como una pequeña comunidad. Después de varios días de música, talleres y actividades, salir a caminar nos permitió mirar Vitoria con otros ojos: cada calle parecía tener su propio riff, cada parada su pequeño solo, y la ciudad entera empezó a formar parte de la banda sonora de Gazterock.

Por la tarde llegó la sesión fotográfica, y ahí cada grupo pudo empezar a mostrar su propia identidad. Ya no éramos solo personas que se habían conocido hacía unos días: empezaban a aparecer estilos, gestos, complicidades y formas de estar juntas que decían mucho de lo que se estaba creando. Posar, reírnos, probar ideas y jugar con la imagen fue también una manera de entender que una banda no solo suena, sino que también comunica quién es. Como en las grandes portadas de la historia del rock, cada mirada, cada postura y cada detalle contaban algo. Más tarde continuamos con otra cápsula de Historia del Rock, sumando referencias, memoria musical y actitud a todo lo que estábamos viviendo.

La noche nos llevó al Aztarna Beltza, donde pudimos disfrutar de los conciertos de Erro Berri y The Vandals. Fue uno de esos momentos en los que el campamento se conecta directamente con el rock and roll de verdad: el que se vive delante de un escenario, con guitarras sonando, energía compartida y el cuerpo siguiendo el ritmo casi sin pensarlo. Después de un día de paseo, fotos e historia musical, terminar entre conciertos fue la mejor forma de cerrar la jornada. Gazterock seguía subiendo el volumen, con más ruido, más emoción y muchas ganas de seguir viviendo el campamento como si fuera una gira.
