El viernes llegó cargado de esa energía rara que aparece cuando se nota que algo importante se acerca. Por la mañana nos pusimos a elaborar el fanzine, recogiendo ideas, imágenes, frases y pedazos de todo lo que habíamos vivido durante el campamento. Fue una manera muy Gazterock de dejar huella: papel, creatividad, memoria colectiva y mucho espíritu de banda. Después asistimos a una nueva sesión de Historia del Rock, conectando todo lo aprendido con esa sensación de estar ya casi en la línea de salida del gran momento.
Por la tarde arrancó el festival, y el ambiente cambió por completo. Ya no estábamos solo ensayando ni preparando cosas: el campamento entraba en modo celebración. Se notaba en las caras, en los nervios, en las conversaciones y en esa mezcla de cansancio y emoción que acompaña a los días grandes. Todo lo trabajado durante la semana empezaba a salir a la luz, y cada grupo fue viviendo el festival como una pequeña conquista propia.

Y por la noche llegó el cierre perfecto: el festival culminó con la actuación de La Madre de José. Después de tantos días de talleres, canciones, ensayos, portadas, vídeos y convivencia, terminar con música en directo fue como cerrar el círculo a pleno volumen. Fue una noche para mirar alrededor y darse cuenta de todo lo que había pasado en tan poco tiempo. Gazterock no había sido solo aprender música: había sido vivirla desde dentro, con ruido, emoción, escenario y mucho rock and roll.
